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Represión injustificada en Barcelona.

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27-05-2011 - (Gallego) Manuel Prat, director general de la policía de Cataluña, hoy nos ha contado una milonga patatera con motivo del desalojo, por la fuerza, de la Plaza de Cataluña.

Un cuento que, aún en el caso de que fuera verdad, sería una verdadera provocación a las personas que protestan pacíficamente en dicha Plaza y a los millones que les apoyamos desde toda España.

Unas declaraciones y unas actuaciones, de las cuales él es responsable, que están ocasionando el pedido de dimisión fulminante en los foros de Derechos Humanos.

Sería, de creernos sus falaces y cínicos argumentos, el sometimiento de los derechos fundamentales del pueblo, a cuestiones tan menores como las aducidas, o sea, la limpieza de una plaza.

Pero, como personas razonablemente cultas, no podemos aceptar el insulto a nuestra inteligencia de que se haya montado tal despliegue de medios represores, tal violencia y tales agresiones por el solo motivo de limpiar la plaza. Que se haya movilizado a tal cantidad de policías armados, por la sola preocupación de unos incompetentes, a los que a diario “se la suda” la limpieza,  porque repentinamente les ha entrado la urgencia por la higiene. No se lo cree ni el más tonto.

No señores, no nos vamos a hacer el sueco y aceptar su cinismo, su caradura, su desprecio por nuestra inteligencia y por nuestros derechos.Bastante tiempo llevan ya insultando nuestro intelecto y nuestra cortesía.

Hasta las cámaras de vigilancia fueron desactivadas para que no hubiera “testigos” de los métodos que, de antemano y con premeditación, pensaban utilizar, incluso contra personas en sillas de ruedas. Son patéticos y, dado el cargo que ocupan, peligrosos.

Consideramos que los que deberían ser desalojados a palos - por los antidisturbios que, ocultos en el anonimato, sin identificación legal, protegidos por la cantidad, las armas y la brutalidad, no dudan en apalear a quienes defienden TAMBIÉN sus derechos - son los provocadores que están buscando la disculpa para utilizar la violencia y la agresión, que pretenden deslegitimar una protesta razonable, justificada y pacífica, que no saben neutralizar de otra manera que no sea a palos y mediante una violencia y unas agresiones que, con toda la cara dura del mundo, condenan cuando les conviene.

Mienten y argumentan banalidades a sabiendas de que nadie se las cree. Son  patéticos, desnudos de argumentos, carentes de autoridad moral en sus actos y viles en sus métodos. Carecen de honor y de sentido del ridículo.

Ésos cínicos, que nos escupen a la cara con sus argumentos peregrinos, son los mismos que han tragado con todo hipócritamente, con su sonrisa de falsos tolerantes, mientras estaban en fechas electorales y ahora vuelven a despreciar a los que, a diario, les quitamos el hambre y pagamos sus sueldazos.

Si el pueblo que les mantiene tuviera sus mismos principios, su ética y su moralidad, estarían expuestos, para escarnio, en plaza pública. Porque hoy han mostrado al mundo la falsa democracia que exsite en éste país, donde la policía aterroriza a los ciudadanos, les da miedo, la temen. Han entendido, finalmente, que no está para protegerlos.

Las mismas triquiñuelas infantiles, propias para retrasados mentales o conscientemente insultantes, que han utilizado hoy en Cataluña, es más que probable que se utilicen mañana en Sol. No importa, esta lucha la tienen perdida. Y es que son la muestra viviente del cobarde con los poderosos y de poderosos con los pacíficos. Y digo pacíficos, que no débiles, porque los débiles son los que se protegen cobardemente detrás de leyes injustas y de la violencia institucionalizada.

Es patético que un responsable de las fuerzas del orden intente confundir a los ciudadanos y a los medios negando las agresiones, en directo y en un programa de TV, así como la utilización de pelotas de goma y de porras. Si  miente, que dimita por mentiroso. Si no sabe lo que está pasando, que dimita por incompetente, su obligación es estar al tanto de lo que pasa, estar informado de los sucesos y dirigir las operaciones.

Si lo que intenta es confundir a los ciudadanos, que dimita porque es indigno de ocupar un cargo público. Claro que, éste argumento, a la vista de los personajes que suelen ocupar dichos cargos, casi parece cándido.

Cuanto a sus métodos, su inteligencia, su capacidad y su eficacia, calcule, no querían miles, pues ahora tendrán cientos de miles en las plazas.