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Derrumbes en autovías – Estaba previsto

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04-01-2010 - (Gallego) -  La noticia es de todos conocida. También lo habíamos advertido en su día. Menos de seis meses después de que se inaugure la flamante nueva autovía AG-53, de Ourense a Santiago, ya empiezan los derrumbes de las enormes laderas que se han dejado con objeto de trasportar esa tierra para rellenar las vaguadas, alterar la orografía y evitar la construcción de viaductos, túneles y puentes que encarecen dichas obras, porque necesitan obreros, proyectos, etc.


Es más barato ese sistema que, aunque representa un evidente peligro para los que por ellas circula y cierra el paso a la fauna y a los vecinos, reporta grandes beneficios a las constructoras y permiten, a los políticos que velan por los intereses de esas empresas, vendernos la demagogia de los numerosos quilómetros de “vías de alta capacidad” que nos ofrecen.


En realidad, ésta última, es una disculpa muy bien elaborada por el sistema, para transferir enormes recursos, que se detraen de otras necesidades más básicas, a la construcción de un absurdo numero de autovías y vías de alta capacidad, lo que implica el desvío de gigantescas cantidades de dinero que enriquecen a esas constructoras y fomentan el contaminante y mortal negocio del transporte individual, la industria del automóvil, el negocio de las petroleras, ITV`s, multas, etc.

 

A  los lados pueden ver una fotografía de la zona de Punxín por donde pasa esta autovía (izquierda), a la derecha, una composición de la misma zona como pensamos que se debería haber hecho.


La actual táctica del sistema capitalista opera, con todo descaro, para acaparar la totalidad el capital generado por el trabajo. Aunque asistimos a la patética falta de recursos de las universidades (corren malos tiempos, argumentan los políticos), para las personas dependientes, los parados o la tercera edad, nunca faltan fondos para subvencionar a la banca o la construcción de las más variopintas “infraestructuras” – la palabra mágica de la actualidad política – normalmente ociosas, mal ejecutadas o de escasa necesidad, mientras se descuidan otras prioridades más acuciantes como la asistencia médica, el sueldo mínimo o el incremento de las pensiones.


Falta por ver el día en que, a causa de esos derrumbes más que previstos, alguien muera aplastado por uno de ellos. Recemos para no suceda. Pero es evidente que estamos ante una imprudencia ocasionada por la codicia de los poderes económicos de nuestro País, permitida por los personajes públicos que, diciendo defender nuestros intereses y actuando en nombre de los , cada vez menos, votos que reciben, aprovechan esa legitimidad para defender los intereses de los poderosos y de quienes les financian y, en consecuencia, orientan las políticas económicas a seguir.


No se da un paso hoy en día, en los numerosos cambios que se operan en todas y cada una de las instituciones del País, que no vise la generación de beneficios para grandes corporaciones, siempre en detrimento del interés común.


Asistimos desde hace décadas, a la transferencia de servicios básicos, algunos de los cuales generaban buenos ingresos al estado, a la empresa privada. Siempre con el mismo argumento, que la privatización llevaría implícita la competencia, la bajada de precios, la diversidad de ofertas y la mejora de los servicios, para deleite de la población.


Hablamos en este artículo del asunto de las carreteras y de los fondos que a ellas se dedican, pero recordamos las empresas propiedad del estado que, con tales argumentos, han pasado a la gestión privada. Sean Telefónica, Endesa, servicios de municipales de agua, Renfe, Campsa, etc. Siempre con el resultado de encarecimiento de precios, deficiencia en los servicios, creación de “carteles” en la contratación de obra pública, acuerdos para mantener precios altos, perdida de derechos de los trabajadores, empleos precarios y un largo etcétera que todos conocemos.

Todo en beneficio de los accionistas de las grandes empresas, multinacionales en algunos casos, que acaparan los fondos que otrora repercutían en el bienestar de los trabajadores de las mismas, en beneficios para el estado y en unos costes con un gran contenido social.


Buscan en los lugares más insospechados, puesto que en la actualidad asistimos a la privatización incluso de la sanidad pública. Siempre hallan un resquicio por el cual drenar el dinero público para que vaya a parar al bolsillo de los tiburones escondidos en nuestra sociedad y que viven de nuestro trabajo.

Las sanguijuelas que se han apoderado de todo el sistema, que tienen en sus manos a los gobernantes y que están creando un enorme abismo entre la riqueza de unos pocos y la miseria de la mayoría.