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Los Pilares de la Tierra.

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24-07-2011 - (Gallego) No lo voy a reescribir ni plagiar la obra, evidentemente, solo me vino a la memoria porque también leo actualmente Un Mundo Sin Fin, del mismo autor y ambos libros me hacen meditar sobre la historia del hombre sobre la tierra, sus preocupaciones ancestrales, su integración y convivencia con el entorno durante toda su historia y contrastarlo con el modo en que vivimos hoy en día y las relaciones que tenemos con ese mismo entorno.

Me trae a la memoria, asimismo, mis recuerdos de infancia, hace como cincuenta y pico de años, cuando la vida en el mundo que yo recuerdo se asemejaba mucho a lo que leo en estos libros. Ya se vislumbraban cambios, sobre todo en el mundo urbano, pero en el rural la historia era prácticamente la misma de hace siete siglos.

Mi juventud trascurrió en el rural gallego, donde la agricultura es de sobre vivencia pero autosuficiente, así que no se parece a la de Andalucía donde prevalece el latifundio y se trabaja para el amo.

La población vivía en función de las cosecha, es decir, de la comida, de si había o no comida para todo el año. En primavera se plantaba, durante el verano se cuidaba, regaba, etc. para en el otoño recoger la cosecha y guardarla en graneros, sotillos, artesas, etc. al objeto de ser consumida durante el invierno.

En diciembre se sacrificaba al cerdo ( o cerdos, en casas con más posibilidades) los cuales, junto con alguna gallina o conejo, más las habas cultivadas en el verano, las patatas, las berzas que se daban también en invierno, los nabos y otras reservas (ahí está el origen del “caldo gallego”) , permitían pasar todo el invierno si había suerte, ya que el temido invierno era largo, frío, improductivo y había que mantener muchas bocas, de la familia y de los animales que nos daban la leche, algún ternero para vender y tiraban del carro y del arado.

Éramos conscientes en aquella época, tanto como deberíamos serlo ahora, de que la necesidad realmente básica y el motivo único de preocupación fundamental en la vida era y sigue siendo — por mucho que pretendamos engañarnos — la necesidad diaria de comer.

Es fundamental que no olvidemos nunca, o no nos lo hagan olvidar, éste hecho. Tan fundamental que quien tiene asegurada su comida diaria puede considerarse totalmente libre, mientras que, quien carece de esa independencia, deberá someterse a cualquier tipo de esclavitud solo para cubrir esa necesidad básica. Que no lo olviden quines tienen tierras sin cultivar y se quejan de que no encuentran un empleo.

En aquella época, nadie pensaba en el dinero que necesitaba para comprar un coche, una tele o un ordenador, ni se le pasaba por la cabeza el gastar dinero en cosas que ni siquiera conocían o se consideraban algo no solo inalcanzable, sino también innecesario. En realidad se pasaban meses sin salir de la aldea, todo lo que necesitábamos lo teníamos aquí, fuera no se compraba nada, se iba a una feria para cambiar una vaca,  vender un ternero, o unos cerdos, incluso el calzado (los zuecos) se hacían en el pueblo y la basura no existía. Coche lo tenía el médico que venia desde la ciudad hasta unos dos quilómetros del pueblo y el resto del camino lo hacía a pie. Para ver un coche debíamos desplazarnos esa distancia, hasta la arcaica carretera que discurría a lo lejos, y esperar el tiempo necesario a que, si había suerte, pasara alguno.

Parece una obviedad pero no lo es, la gente, hoy en día, se agobia por mil asuntos, corre a resolver diversas gestiones, se reúnen para discutir trascendentes “operaciones” y procura recursos para pagar variopintas deudas de incontables artilugios, posesiones, vehículos,… pero lo verdaderamente fundamental como animales, como especie y como seres vivos, es el alimento de cada día, el resto son necesidades que nos hemos creado – o que nos han creado, para mantenernos esclavos del trabajo y dependientes del sistema – y que nos obligan a trabajar cada vez más de lo necesario para cubrir, lo que desde la noche de los siglos ocupaba todo el tiempo del animal humano y hoy sigue ocupando todo el tiempo del resto de las especies: COMER.

Por eso no nos cansamos de repetir que, importante, solo es lo que sale de la tierra, lo que brota cuando se siembra, lo que se cosecha y es comestible. El resto son “chucherías”, baratijas, trivialidades perfectamente prescindibles, sin las cuales no solo podemos perfectamente vivir, sino que su producción está perjudicando la producción de lo realmente importante, que son los alimentos, agotando otro tipo de recursos, reduciendo el área de cultivo de la Tierra y contaminando las tierras de cultivo, el aire que los alimenta y el agua que los riega. Aparte de mantenernos continuamente trabajando para poder comprarlas.

A partir del hecho de que la comida era lo básico, tanto hace siete siglos como hace cincuenta años, se derivaban todas y cada una de las normas, postulados, leyes y censos, que existían, como por ejemplo la cantidad de tierra necesaria para que una familia pudiera vivir, lo que a su vez condicionaba la cantidad de familias que podían ser admitidas en una comunidad, lo que a su vez condicionaba la cantidad de población de un región o de un País. Normas básicas que deberían existir hoy en día, como un control estricto de la población, adaptándola en función de los recursos SOSTENIBLES que existen para que dicha población pueda vivir sin penurias y alimentada decentemente.

No preconizamos que se prescinda del progreso ni de la comodidad, la calidad de vida, la información, etc. que dicho progreso proporciona. De hecho deberían estar contribuyendo a que, cubrir esa necesidad básica, fuera mucho menos penoso que hace cinco décadas. Lo que deberíamos evitar, y sin embargo se está potenciando, es el consumo por el consumo, la locura consumista que visa enriquecer a unos pocos y “enganchar” en el derroche al resto del mundo al que se denomina “consumidores”. Y lo que no puede ser, por encima, es cambiar cada dos meses ese tipo de aparatos y arrojar a la basura los que tenemos.

Estamos poniendo en peligro nuestra supervivencia por falta de alimentos y de condiciones ambientales que nos permitan seguir en este planeta, solo porque algunos codiciosos, que han conseguido manipular a la sociedad y a sus representantes, no dudan en arriesgar lo fundamental con tal de ganar dinero.


Lo peor es que nos están tratando de convencer de que la enorme temeridad que estamos cometiendo nos beneficia. Alaban el “creciemiento”. No nos dicen que moriremos totalmente degenerados, faltos de oxigeno, contaminados por productos tóxicos y envenenados por alimentos contaminados pero eso sí, provistos de los más variopintos cachivaches tecnológicos como coches, televisiones, teléfonos móviles, ordenadores, etc.

A lo que íbamos.
La causa de este cambio radical en la forma de vida sucedió en el mundo hace un siglo. En España, algo menos debido a nuestro tradicional atraso, pero que, como todo acomplejado, supimos compensar sobradamente adoptando con atraso, pero con furor de convictos, todo lo perverso del desarrollismo. Esa podría ser la causa de que sigamos siendo el culo de Europa pero los primeros en quilómetros de AVE y de autovías de “alta capacidad”.

En esa época surgió la “industrialización”, algo que permitía optimizar el trabajo brazal y manual haciéndolo más “productivo”, fabricar objetos de manera rápida y en grandes cantidades, abaratando su coste. Algo en principio útil ya que daba acceso a gran parte de la población a bienes que si fabricados como antiguamente, de manera artesanal, resultaban muy caros e imposibles de producir para todos.


El inconveniente en que al principio no se reparó, o no se quiso ver, era que dicho sistema consumía, como es lógico, muchos recursos y materias primas y su producción masiva contaminaba el ambiente.

Pero lo peor no fue eso, lo realmente nocivo de la industrialización fue su relación con el capitalismo puesto que, lo que se buscó, al final, con dicho sistema de producción, no fue servir las necesidades de la población, produciendo apenas lo necesario para atender a dicha población. Con el tiempo y  a la vista de la enorme capacidad de producir y ganar más dinero cuanto más se producía y cuanto más se vendía, se buscó adaptar el número de consumidores y de ventas a la cantidad producida, con total desprecio de la cantidad de recursos que se malgastaban y se malgastan.

Se creó un círculo vicioso mediante el cual al aumentar la producción había que aumentar los consumidores y las ventas, quienes al aumentar requerían aumentar la producción,  con lo cual aumenta también la contaminación y el consumo de recursos.

En un desprecio total por el peligroso camino que se estaba tomando y las consecuencias nocivas de este tipo de actitud, también se idearon otras maneras de aumentar las ventas y la producción, mediante sistemas como la promoción de “nuevos modelos”, la “obsolescencia (o caducidad) programada”, la publicidad incitando al consumo, las “modas” y aparatos de “nueva generación” que incitan al consumidor a cambiar sus aparatos cada vez con más frecuencia y con menos tiempo de uso, en una orgía de consumo, destrucción de recursos, contaminación del medio y generación de residuos que nadie parece dispuesto a parar.

Como consecuencia de este desbocado sistema de consumo, en poco menos de un siglo hemos puesto en riesgo el equilibrio natural del planeta, hemos agotado inmensos recursos naturales que no son renovables, hemos producido inmensas cantidades de basura y hemos conseguido envenenar el ambiente hasta tal punto que incluso estamos cambiando el clima del planeta.

En aras del “desarrollo” es cuando se cambian las prioridades que mantenían el equilibrio entre el hombre y el medio, es cuando pasó a ser más importante suelo industrial que suelo agrícola, cuando se valora más el hormigón que la tierra de cultivo, cuando se consiente en destruir naturaleza para crear contaminación, cuando se destruyen los recursos finitos de la Tierra para fabricar juguetes y aparatos tecnológicos de vida efímera, cuando se arrasa la selva virgen para fabricar combustibles para coches, cuando estos coches se cambian todos los años, los teléfonos cada dos meses y los ordenadores cada año.

Se agotan incluso las fuentes de energía, así que se buscan nuevos métodos de generarla no dudando en utilizar la suicida y peligrosísima energía atómica, la cual no solo ha causado ya daño suficiente para que fuera desmantelada de inmediato, sino que su peligro potencial equivale a la eliminación de la vida sobre el planeta. Y todo este sin sentido solo pretende mantener funcionando este sistema imposible durante algunos años más. Una prórroga que puede ser definitiva para que los daños a la naturaleza sean irreversibles. El ejemplo está en los cambios climáticos, la desaparición de especies tanto terrestres como marinas, la tala generalizada de los bosques tropicales, la reducción dramática de los glaciares o la desaparición de las calotas polares.

Este cambio, ocurrido hace poco más o menos un siglo, inédito en toda la historia de la humanidad, significó que en un lapsos de tiempo insignificante, si lo comparamos el resto de esa historia, ha conseguido causar más daño a nuestra especie, al medio que nos permitió proliferar y que nos dio la vida, a la calidad de vida de la especie, y al planeta en general, que todas las plagas, guerras y desgracias ocurridas durante los restantes cientos de miles de años del hombre sobre la tierra. Tan nocivo que amenaza acabar con nuestra especie, con las demás especies, con la vida en el planeta y con el propio planeta.

¿Cómo se transforma al villano en héroe? ¿es posible?. Posible si que es, lo difícil es aplicar las medidas, debido a los intereses que habría que neutralizar.

La forma de transformar las consecuencias negativas del actual sistema, en ventajas para la población, es fácil y obvia para cualquiera con sentido común, pero difíciles de aplicar debido a los grandes intereses que aquí se mueven y a que, quienes mandan en el mundo, tienen el poder y las armas, no lo van a permitir.

Si cambiáramos la filosofía de la producción de manera a producir lo mínimo posible con el máximo posible beneficio para el consumidor, el mínimo posible de consumo de recursos, el mínimo posible de contaminación y e mínimo posible de generación de residuos y de basura, tendríamos la fórmula para revertir la tragedia. Es decir, producir para cuanta menos gente mejor.

Para ello se hace imprescindible controlar el crecimiento de la población, de manera que la riqueza mundial, si dividida por menos individuos, es evidente que arrojaría una riqueza “per cápita” superior.

Aumento del tiempo de vida útil de los productos y evitar la “actualización” innecesaria de los mismos, limitándose ésta a la actualización de algún componente o su sustitución, con aprovechamiento del máximo posible de componentes antiguos, para reducir también la generación de residuos.

De manera que ni la industrialización, ni el progreso, ni las nuevas tecnologías podemos considerarlas la raíz del problema ya que, utilizadas su justa medida y produciendo racionalmente y en cantidades sostenibles, seguirían siendo una eficaz herramienta para mejorar la calidad de vida. El problema, como siempre, es la codicia de los que mandan, de los que producen, quienes son a su vez los amos de esas marionetas que nos han colocado, que llaman políticos, para que nos hagamos la ilusión de que somos nosotros quienes elegimos a los gobernantes.

Y decimos que es la codicia de esos sujetos porque el problema fundamental es el ansia de “CRECER” de producir cada día y cada año más, de vender cada año más y de ganar dinero cada año más, con lo cual cualquiera puede ver que, al ritmo que vamos, tenemos recursos, territorio, fauna, aire puro, agua potable, bosques, peces y medio ambiente para menos de 50 años, la mitad del tiempo que llevamos destruyendo sin control alguno.