Incendios forestales – causas y consecuencias

Incendios forestales – causas y consecuencias

22-08-2022 – Las imágenes que encabezan este artículo (ambas del mismo territorio con 70 años de diferencia) pretende ser una explicación gráfica al problema de los incendios, a los motivos que hicieron surgir un tipo de catástrofe que, hasta los años 70 del siglo pasado, no existía y que trataremos más adelante. Pero permitannos una pequeña introdudcción.

A nadie se le escapa, a estas alturas, la decisiva influencia que tiene el cambio climático, originado por la especie humana y sus actividades económicas, en el aumento de los incendios forestales.

Y dado que la producción industrial ha sido el principal causante del cambio climático, conviene que hagamos un pequeño inciso para aclarar que dicha actividad económica podría haberse llevado a cabo sin las consecuencias tremendas que han ocasionado en el clima las emisiones y la contaminación del Planeta.

Y es que el sistema mediante el cual se produjo esa actividad, no ha tenido como finalidad la creación de una mejor calidad de vida, de utensilios que mejoraran el día a día de los ciudadanos, que duraran un período de tiempo razonable y que se fabricaran en las cantidades necesarias para satisfacer a una población humana manejable. Muy por el contrario, el sistema que llevó a cabo esa producción, denominado capitalismo, no tiene como objeto fundamental el proveer a la población de utilidades o servicios y sí ganar cuanto más dinero mejor y aumentar sus beneficios año tras año.  Así pues, siempre ha procurado producir cada vez más, vender cada vez más y tener cada vez más beneficios. Para ello se ha incentivado el crecimiento descontrolado de la población para tener futuros clientes (o mano de obra barata), ha fabricado objetos de baja calidad para que fallen pronto y ganar más dinero obligando a los ciudadanos a comprar uno nuevo, etc.

En función de todo lo anterior ya hemos visto como se han ocultado los perjuicios a la salud del tabaco, el DDT, la Talidomida, el ciclamato, el hexaclorofeno, los insecticidas nicotinoides (y todos los demás), etc. Han llegado a comprar incluso a científicos para que publiquen informes manipulados, se han ocultado estudios científicos sobre los perjuicios que causarían las emisiones de gases resultantes de la quema de combustibles fósiles, se han comprado gobiernos para que colaboren en ese crimen y se han eliminado gobiernos y gobernantes que no se prestaban a colaborar con la infamia.

Pues bien, deberíamos dejar sentado que un gobierno mínimamente responsable, que no procure el lucro como motivo fundamental de su actividad y que tuviera los medios de producción en sus manos, no tendría motivos para ninguna de esas prácticas perjudiciales del capitalismo salvaje que hoy manipula  a su antojo al mundo occidental y a sus gobiernos mediante grandes corporaciones que, unidas, ponen y quitan gobiernos. Era lo que hacían las empresas públicas: proveer a los ciudadanos de bienes y servicios duraderos sin razones para aumentar el derroche.

Como es obvio, un territorio abrasado por el incremento de las temperaturas y desecado por una sequía como la actual, es fácilmente inflamable. Pero, aún siendo motivo suficiente, hay muchas otras causas.

En la imagen que encabeza este artículo, podemos ver la situación de un mismo territorio en las imágenes aéreas tomadas en el año 1944 – por la USAF, ya que España, en aquella época, carecía de medios para realizar ese levantamiento gráfico – y las imágenes del mismo territorio en la actualidad.

Como se puede apreciar, en las imágenes antiguas se distinguen perfectamente las fincas existentes en el lugar y ello es debido a que todas ellas estaban cultivadas, carecían de maleza (el término adecuado sería sotobosque) y se distinguen perfectamente las lindes que las separaban. Con esas simples imágenes se realizó el primer censo del catastro de fincas de Galicia, ya que, realizar el mismo trabajo por tierra, sería tarea casi imposible debido al inmenso número de parcelas que existen en nuestra Comunidad a causa del minifundio. Posteriormente, se encargó a empresas privadas la visita a los pueblos para tomar nota de quienes eran los propietarios (conocidos) de cada finca. Hoy sería imposible realizar tal labor, ya que la inmensa mayoría de personas del rural, que conocían las fincas y a sus propietarios, ya ha fallecido o están en la emigración hace décadas. Por cierto, que la Xunta de Galcia está aprovechando esta circunstancia para “apoderarse” de esas fincas cuyo propietario se desconoce, juntarlas y entregarlas a la agroindustria. Pero ese es otro tema.

Respecto a los incendios, lo que nos están diciendo esas imágenes antiguas, es que, en aquella época, no había combustible en el territorio que pudiera arder y generar los enormes incendios de hoy en día. Simplemente estaba todo cultivado y limpio, el sotobosque estaba perfectamente medido y se limitaba a lo necesarios para ser cortado todos los años para cubrir el suelo de las cuadras del ganado, el cual, pasado un año, se retiraba junto con los excrementos de los animales y era llevado a los cultivos como abono.

Cuanto a los árboles, existían los propios de la zona, como robles, castaños, ameneiros, etc. Todos ellos árboles frondosas de hoja caduca que se cuidaban con celo porque eran el combustible necesario para alimentar las cocinas o “lareiras” donde se elaboraba la comida, calentar la casa e incluso proporcionar alumbrado por la noche. No había especies pirofitas salvo algún pino para hacer tablas que se vendían a buen precio debido a su escasez ya que su uso como combustible era deficiente.

Otra circunstancia que impedía los incendios, era que todo lo que caía de los árboles, fueran hojas, ramas, piñas, etc. era recogido por los vecinos y conservado como leña con diferentes funciones, encender el fuego con las piñas, mantenerlo durante horas con un tronco grueso de roble, avivarlo con ramas menudas secas para acelerar el fuego a la hora de cocinar, etc. Y no había de sobra ya que el resto de fincas eran necesarias para pasto, plantación de grano, hierba para el invierno, huerta en primavera, etc. Cada cual debía administrar sus propiedades para tener de todo, es decir, no podía dejar todo para pasto o para grano porque necesitaba también matorral para las cuadras y hacer estiércol, o algo de arbolado para leña o madera resistente para un arreglo de la casa. Quien tenía mucho, tenía mucho “de todo” y quien tenía poco, tenía poco pero también “de todo” so pena de tener una carencia insalvable para la autosuficiencia.

Pensemos que en esa época, los trenes eran de vapor y ocasionalmente caían brasas a las vías que iniciaban un pequeño fuego que por falta de combustible, sotobosque o vegetación inflamable enseguida se extinguía él solo y es que todo se aprovechaba.

En los años 60’s se inició lo que denominaron “repoblación forestal” que consistió, básicamente, en que el estado se hacía cargo de muchos montes comunales, donde los vecinos pastaban su ganado o recogían tojos y vegetación para las cuadras, y en ellos plantaron enormes monocultivos de pino (recordemos que en esa época escaseaban y tenían un valor elevado) seguramente destinados al aumento de la producción industrial, muebles, etc. Así que ese fue el primer problema de que el monte se llenara de especies inflamables, puesto que tras los pinos, vinieron los eucaliptos para las celulosas.

En principio no hubo muchos problemas con los incendios porque el resto del territorio seguía siendo cultivado y las lluvias en Galicia eran constantes, tanto en invierno como en verano, lo cual también evitaba los incendios. Algunos aún recordamos a los turistas que venían del centro o sur de la Península en vacaciones de verano y tras 10 ó 15 días de lluvia constante en Galicia, se marchaban hastiados antes de terminar las vacaciones.

Esa época coincidió también con el inicio del abandono del campo hacia la industria de las grandes ciudades, País Vasco, Cataluña, la emigración a Francia, Alemania, Suiza, etc.

Como consecuencia de lo anterior empezó a proliferar y extenderse el sotobosque que ya no se aprovechaba, tampoco la leña seca, piñas, la hoja del pino, etc. Todo ello se fue acumulando en una gran parte del el territorio. Por el contrario, en los antiguos cultivos abandonados donde crecieron robles no solo nunca hubo un incendio, como además en los robledales se extinguen todos los incendios actuales. El roble no arde, su sombra no permite el crecimiento del sotobosque, bajo ellos no existe nada que pueda arder y es imposible quemar un roble verde (vean de forma gráfica, en la imagen adjunta, como se salvó esa aldea debido a las frondosas que detuvieron el fuego). Por el contrario,  el pino y el eucalipto arden cual gasolina debido a la resina que poseen. Esa situación de abandono se agravó con el envejecimiento de la población que ya no podía trabajar el campo y los jóvenes que, como e dijo, también emigraron.

Podemos decir pues que, la cronología de los incendios en Galicia se inicia cuando, lo que antes eran todo tierras cultivadas y, aislado entre ellas, masas de vegetación arbórea o sotobosque en la cantidad imprescindible para el consumo, pasó a transformarse en tierras cubiertas de sotobosque y monocultivos inflamables, que creció descontrolado y lo invadió todo, salvo algún cultivo aislado en medio de masas de vegetación. El riesgo de incendio se vio agravado por los enormes monocultivos de pinos y eucaliptos para servicio de empresas privadas.

Pasamos de tener tierras cultivadas con algunas masas forestales y/o sotobosque, a ser todo masas forestales y/o sotobosque, con algún cultivo aislado en medio. Eso es lo que arde en Galicia, nunca los bosques de frondosas.

Y así, por los años 80’s empezaron los incendios, cada vez más grandes, cada vez más intratables, sobre todo cuando el fuego se produce en un monocultivo de pino o eucalipto (vean la imagen al lado, son pinos) y, al mismo tiempo, toda una industria en torno a ese nuevo acontecimiento que el capitalismo se encargó de transformar en floreciente negocio y fuente de beneficios. Negocio que fue creciendo en paralelo con el abandono del rural, el tamaño de los incendios, el incremento de la temperatura global, las cantidades de dinero destinados a “combatirlos” y el enriquecimiento de las empresas dedicadas a apagarlos.

19.920.000.000 pts. Es decir, casi 20 mil millones de pesetas (o lo que es lo mismo 120 millones de euros) es la cantidad de dinero que se destina actualmente, solo en Galicia, a la extinción de incendios en verano, sueldos a brigadistas y, sobre todo, contratos para horas de vuelo de aviones y helicópteros. La cantidad que se manejaba al principio de los años 90’s era de 700 millones de pesetas, es decir, poco más de 4.200 millones de Euros. El presupuesto se multiplicó por 30 en otros tantos años, nada menos.

Al principio apagaban los incendios las primeras brigadas que se crearon y los aviones del ICONA que, en realidad, se trataba de hidroaviones del Ejército del Aire (el Canadair Cl-215 con motores de pistón y luego los Canadair CL-215T equipados con motores de turbina) en servicio desde 1971, en el que ahora es el 43 Grupo de Fuerzas Aéreas, pilotados por personal militar. Algunos helicópteros, también del ejército del aire transportaban a los brigadistas. Eso hasta que los políticos de turno, en plena fiebre privatizadora, surgida por intereses inconfesables, decidieron “privatizar” también esos servicios. Un escándalo que ocasionó problemas con jefes militares que tenían a sus hombres arriesgando la vida por un sueldo precario y vieron como se empezaban a pagar cantidades mareantes a empresas privadas y cuyo destino no eran precisamente los sueldos de los trabajadores y sí el beneficio de las empresas intermediarias. Se ordenó la retirada temporal del material y personal militar de todos lo servicios y bases de control de incendios. Actualmente, esos aviones siguen en servicio integrados en la UME.

Las empresas privadas se fueron introduciendo en este tipo de operaciones mediante el uso de aviones agrícolas, mayormente procedentes del sur de España donde los tratamiento fitosanitarios, las siembras, la distribución del abono, etc. se realiza mediante aviones fabricados expresamente para trabajos agrícolas y que operan en pistas improvisadas cerca de los cultivos a ser tratados. Poseen grandes depósitos (unos 2.000 litros) para el producto que es aplicado mediante aspersores instalados en las alas o toberas para descargas de mayor densidad. Se utilizaban en las grandes plantaciones del sur y su negocio dependía de que hubiera siembra, de las lluvias para el arroz, etc. En Galicia no existían y los helicópteros apenas se utilizaban salvo para filmaciones de la TV, fotografía aérea,  y similar, lo que ahora incluye también su uso para evacuación de accidentados ya que el resto de trabajos se realiza con drones.

Avión agrícola de pistón
avion agricola turbohélice

Todos estos aviones poseen un sistema que fue el germen de su utilización para apagar incendios forestales. Se trata de un sistema de seguridad, activado mediante una simple palanca que permite vaciar, en segundos, la totalidad del producto cargado (imagen del avión amarillo, un avión agrícola de turbina). Se utiliza para ser accionado en caso de emergencia, como en caso de parada del motor y así poder aterrizar con mucha menor velocidad e inercia que si estuvieran cargados. Para ser utilizados en la extinción de incendios, al principio esos depósitos se llenaban de agua o retardante del fuego y se dejaba caer el contenido sobre el incendio mediante el accionamiento de la palanca de vaciado rápido. Posteriormente y con el incremento del negocio, de los incendios, de los contratos, de los ingresos y de los beneficios, estos aviones fueron sustituidos por otros equipados con turbohélices, sistemas automáticos de vaciado controlado, etc. Así fue como antiguas compañías de trabajos aéreos del sur, que apenas tenían dos o tres aviones y algún helicóptero, e incluso talleres que no tenían ninguno, hoy poseen flotas de más de veinte aviones de turbina construidos exclusivamente para apagar incendios.

Cuanto a los helicópteros y parte de las empresas de aviación se aplicó el clásico sistema del capitalismo que se relata breve y rotundamente en este enlace ( https://twitter.com/george_orwell3/status/1559949780838653957) es decir, grandes empresas, muchas de capital extranjero, compraron a las pequeñas y ahora, sin competencia que les haga sombra fijan precios astronómicos para los trabajos aéreos de extinción de incendios y, suponemos, entregan abultado sobres para que se invierta en extinción en lugar de prevención. A ver sino que van hacer con tanto avión y helicóptero. Calculen el coste de cada uno de esos pequeños contenedores de agua (llamados «bambi») siendo transportados por un helicóptero cuyo coste de operación es más del doble del de un avión.

Sobre los «tejemanejes» entre compañías aéreas y políticos, hay toda una novela que contar. Contratos amañados, reparto del mercado, acuerdos entre empresas, compras de helicópteros por parte de Comunidades como Galicia, que luego se revendieron nuevos a precio de ganga para que la empresa compradora se los alquilara, etc.

Así pues, tras el abandono del rural, la desaparición de cultivos que servían de cortafuegos y el crecimiento descontrolado del sotobosque, se sumó la proliferación de monocultivos de pinos (una especie propia de latitudes más septentrionales con climas mucho más fríos y alta montaña) y eucaliptos, especies especialmente inflamables que cubrieron gran parte de los antiguas tierras cultivadas, el aumento de las temperaturas debido al cambio climático, la falta de lluvias por el mismo motivo, todo eso debido a la emigración del campo  a la ciudad y sumado a intereses económicos de explotación irracional del monte.

Por otra parte, la proliferación de incendios provocó el surgimiento de otros “negocios” como la compra de madera quemada a menor precio aunque su utilidad, recién quemada, no está perjudicada pues solo se pudre después de un período de tiempo tras el incendio; la aparición de nuevas oportunidades de empleo para mucha gente que trabaja en los medios de extinción; los enormes beneficios derivados de la carísima utilización de medios aéreos para apagar los incendios. Medios que, como dijimos, han sido concentrados en manos de unas pocas y grandes empresas que ahora y sin apenas competencia encarecieron esos trabajos de forma exponencial. Y eso sin hablar de los posibles trapicheos propios de los políticos de nuestras latitudes, propensos la mayoría de ellos , al dinero fácil y al contrato con sobreprecio a cambio de “gratificaciones”.

Imaginen con esa cantidad mareante de dinero que se derrocha en extinguir incendios todos los años, lo que se podría hacer, creando además mano de obra y fomentando la ganadería extensiva, si en lugar de gastarlo en aviones y extinción se utilizara para intentar repoblar con árboles frondosas y controlar la cantidad de sotobostque.

El Ministerio para la Transición Ecológica cifra en casi 230.000 las hectáreas forestales quemadas en lo que va de año, según las cifras publicadas el pasado 14 de agosto. Se trata del dato más alto de la última década y multiplica por cuatro la media de los últimos años en estas fechas. Desde 2012 se habían quemado una media de 57.000 hectáreas hasta mediados de agosto.